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praia de area de Bon |
ESCRITOR DE
OFICIO
Lo confieso con rubor: Tengo una legión de seguidores leyendo
mis artículos. Eso sí, se pueden contar con los dedos de las manos, porque aquí
lo que me importa explicar no es el “quantum”, sino quienes; además una legión no significa
necesariamente que haya cien, mil o más. Según nuestro diccionario de la R.A.E.
legión es: ”Número indeterminado y
copioso de personas, espíritus, y aun de ciertos animales”. Y para mí copioso,
cualitativamente hablando, claro, no tiene por qué representar más de las
falanges de los dedos.
El otro día,
un amigo de la infancia al que no había vuelto a ver desde hacía
tiempo-incluido en mi legión de seguidores-, me llamó. Te vi, perdón, te leí en
la prensa el otro día. Últimamente sales mucho, ¿no?; para luego confesarme:
“Soy el más fiel seguidor de tus artículos”. Yo le respondí: No salgo ni mucho
ni poco, sino todo lo contrario, siempre y cuando amablemente los diarios me lo
permiten. Además, me aburro enormemente sin hacer nada dada mi situación
profesional actual; y qué mejor forma que ocupar el tiempo-mi tiempo-y el
espacio-el de todos-, escribiendo. Además, es muy barata esta afición –oficio mío-, pues sólo necesitas
papel y lápiz.
Algunos me
dicen que no lo hago del todo mal; otros me tachan de utilizar el recurso de la
ironía y doble sentido en exceso; la inmensa mayoría me ignora, simplemente. Lo
que sí es cierto es que uno escribe para sus adentros y también para sus afueras
porque, llegado el momento, necesitamos comunicarnos con el público, ya sea en
forma de legión, tropa o “espíritus”,
que también los hay en este mundo y muchos. Sólo basta una chispa que, por muy
pequeña que parezca a simple vista, sea capaz de prender la llama de la
imaginación; y para ello me sirvo-con permiso previo o sin él- de mis amigos
más próximos, de personas conocidas y desconocidas; en definitiva, soy un
observador de la vida misma.
Como iba
diciendo, este buen amigo de la infancia, al reconocerme y leerme en los
periódicos me propuso lo siguiente: “Tenemos un pequeño problemilla en nuestra
comunidad de vecinos con uno que nos la tiene jurada por un malentendido sin
importancia, me dijo”. A raíz del cual nos puso a caer de un burro y a parir al
mismo tiempo mediante una carta depositada en nuestros buzones comunitarios. En
esta misiva depositada con alevosía, premeditación y nos consta que también nocturnidad,
profería toda clase de insidias sin ningún fundamento, haciéndonos culpables y
partícipes de todos sus males, además, con un lenguaje grosero, zafio y soez,
impropio de un convecino de facto y de jure desde hace más de treinta años.
La verdad, no lo esperábamos de él.
Fue la gota
que colmó el vaso, y en junta extraordinaria ad hoc y por unanimidad de los presentes acordamos realizar las
gestiones oportunas para contratar ex
profeso y requerir los servicios
profesionales de un escritor o
articulista, no de un escribano, ni un negro, ni escribidor de pacotilla. Este profesional
escritor se encargaría, pues, de redactar una carta, artículo periodístico o
columna para, de esta forma, reconvenir como Dios manda a nuestro maleducado y
grosero convecino. Este mandatario escritor
tendría que exponer ad litteram
a nuestro vecino díscolo la argumentación
sostenida y la pretensión de la parte contratante; y expresar, con objetividad y claridad
meridiana, la posición común de los condueños de la Comunidad ante tanta sarta
de mentiras e insidias. Por supuesto, en el acta de esta junta extraordinaria constó
por escrito que la persona que se contratase tuviese libertad en cuanto a la forma, ya fuese utilizando los
recursos habituales como metáforas, parafraseos, metonimias, paradojas y
antítesis. Eso sí, el fondo de la cuestión sería el que es, mutatis mutandi. Ah!, también se hizo
constar en acta, a modo de nota marginal, que, en la medida de lo posible no se
utilizase en demasía el recurso de la ironía y doble sentido, pues podríamos
exacerbar aún más el ánimo de nuestro vecino torticero, y caldear aún más el
ambiente comunitario. Este ha sido, grosso modo, el “problemilla” que tiene
mi amigo y la comunidad de propietarios.
¿Cuánto nos
vas a cobrar por tu trabajo?, preguntó
mi amigo. Será todo un placer, le contesté sin más, estamos entre amigos, ¿no?
Dicho y
hecho, me puse ipso facto en el
encargo. Y así fue, mis queridos amigos como me convertí, sin proponérmelo, en
escritor de oficio, casi en escribano pero sin escribanía.
Nota marginal: Me
olvidé comentar que mi vecino de la infancia es el presidente de la comunidad
de propietarios. Para que no haya lugar a suspicacias. Esta contratación no
creo que esté tipificada en el código penal como cohecho impropio pasivo,
entiendo.